Esto que cuento ocurrió cuando yo tenía
apenas nueve años.
Antes de nada debo confesar que nunca he podido presenciar una traca…
no se si sera por algun defecto de audición o por exceso de sensibilidad a los
ruidos fuertes, pero, lo cierto, es que aun trato de evitar que el primer o el
ultimo dia de feria me cojan "in fraganti" alrededor de la quema de alguna de
las respectivas tracas.
Recuerdo que el primer día de fiestas, mi padre nos llevaba al cine de
"Sebastián" a ver alguna de las películas de la época. Y, a la vez, tocaba
comprarme el juguete de turno. Juguete que ya por obligación tenía que estar en
mis manos el primer día de feria.
Aquel año la ceremonia fue la misma. Mi madre nos arreglaba a todos, o
por lo menos me arreglaba a mí que era el más "chico" y mis hermanos lo hacían
por su cuenta. Cogíamos la calle "Las Parras" arriba llegábamos a la plaza (
que aun estaba en alto), nos deteníamos en la caseta de Cañones y… ole y ole.
había llegado el momento, tan esperado para mi y sufrido por mi padre, de
elegir lo que mas me gustara, a mi por bonito, y a mi padre por precio, pero lo
cierto, es que siempre llegábamos a un arreglo amistoso. …
Recuerdo que aquel año fue una tartana de madera con techo de lona y
que aun se conserva "viva" en casa de mis padres.
Después de la compra reglamentaria, nos fuimos al cine a ver "Un Hombre
Solo" de Gary Cooper, que por cierto, nunca he podido evitar la escena en la
que el protagonista se come una lata de melocotón en almíbar.
Acabado el cine yo ya empezaba a mosquearme puesto que todos los años sabía
que después del cine venia la traca, y por supuesto yo no estaba dispuesto a
pasar por aquello. y mas, sabiendo que todos los años nos pillaba de regreso a
casa nuevamente por la calle "Las Parras".
Bien pues aquel año salimos del cine y empezamos la vuelta a casa como
todos los años, es decir, deprisa y yo dando "por saco" para que corriéramos
"por si acaso" pero, al pasar por la plaza mis padres se encontraron con no se
quien, y comenzaron a hablar de no se que.
Yo les metía prisa diciendo que "la faena" estaba a punto de comenzar,
y ya sentía el miedo que empezaba a castigarme. mi padre me dijo que todavía
faltaba un rato, pero de pronto, "maldición". se apago la luz de la plaza y eso
solo significaba dos cosas: la primera que iba a comenzar aquella horrible y
malvada tradición que consistía en quemar pólvora, sin sentido, y con el único
motivo de fastidiar a quien no le gustara aquello, o sea, a mi y a mi perro Boby
que también se asustaba de lo lindo, y la segunda que había que desaparecer de allí
como fuese donde fuese y de la manera que fuese. y dicho y hecho, me solté de
la mano de mi padre y comenzó a correr, como alma que lleva el diablo, hacia no
se donde. (Días después me entere que me metí en el Ayuntamiento Viejo,
habitado, por aquel entonces, por una familia de la cual no puedo precisar
quien eran), me metí por la primera puerta que encontré, subí escaleras, me encontré
con una mujer que estaba planchando, y sin decir nada me metí, como un rayo, en
la primera habitación que encontré abierta y, a la vez, me escondí debajo de
una cama que allí había.
Aun hoy, cuando recuerdo la expresión de aquella mujer, cuando me vio
pasar como un huracán, no puedo dejar de reírme. Tan solo se que dijo.-"niiiiño".
Lo cierto es que aquella"pobre" mujer se asomaba por debajo de la cama
y me decía que saliera de allí a toda prisa, pero yo no estaba para tonterías. Bastante
trabajo me costaba ya el taparme los oídos para escuchar lo menos posible
aquellas "infernales" explosiones.
Y así entre.- ¡sal de ahí ¡ y un "espérame sentada que ya voy", fue
transcurriendo la temida traca.
Cuando termino salí de debajo de la cama por el lado contrario a donde
se encontraba esta pobre señora y tome, a todo correr, el camino contrario de
por donde había subido hasta allí. Me puse a buscar por la plaza , para ver si veía
a mis padres y nada de nada. Mis padres habían desaparecido, así que tome el
camino de vuelta para mi casa por la calle "Las Parras" abajo, y cuando yo
llegaba mi padre volvía, otra vez, calle arriba hacia la plaza de mis
sufrimientos.
El feliz "encuentro" se efectuó entre la puerta de la que entonces era
la tienda de Jenaro el Martinico y la tienda de Aurelio.
Tengo que decir que mi padre apenas si me bronqueo, seguramente, en
parte, por la cara de espanto que yo traía, y por otro lado por el sentido de
culpabilidad que seguro tenia que sentir.
Lo cierto es que el me saco tarjeta amarilla y yo le saque la roja,
diciéndole que lo habían hecho a propósito.
Nunca más fuimos al cine en esa noche.
Algo es algo
Hilario Ciórraga
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